martes, 15 de febrero de 2011

44 Bestias asesinadas: II

No todas las acciones que llevamos a cabo para lograr un determinado fin orientan sus consecuencias en la dirección que intentábamos darle; es más, muchas veces el sentido que toman es diametralmente opuesto a aquel que, en un principio, le imprimíamos.
Así, la solución que había encontrado para apartar determinado asunto de mi mente consiguió únicamente provocarme un estado de expectación constante: primero llevándome a revisar continuamente el buzón, para enseguida derivar en una vigilancia ininterrumpida de la entrada de la casa, ejercida desde la ventana de mi habitación.
Permanecía largas horas sentado en la cama, apoyado en la pared, observando la calle desierta, envuelto en una manta azul oscuro y medio oculto por el cortinaje. Cuando alguien pasaba cerca de la casa, me retiraba un poco de la ventana. Creo que fue entonces cuando empezaron los rumores sobre el fantasma en el número tres de la calle R...

sábado, 12 de febrero de 2011

Estás tonto. Has vuelto a los quince años.

Fue en Louisiana. Allí fue. Perdona, pero los duendes mágicos eran tuyos. Yo sólo veía gorras. Y pantalones militares con cinturón negro. Y camisetas misteriosamente blancas metidas en los pantalones militares. Y botas negras. Enormes botas negras.
No me digas que no me centre en el ayer, ni me digas que lo mire con perspectiva. No puedo contemplarlo todo, pero lo sé. Lo sé tan bien como sabía que no debíamos entrar en aquel pantano del Louisiana. Mi presente y mi futuro están colmados de gorras. El pasado, sin gorra, no existe.

jueves, 10 de febrero de 2011

Inocencia

A todo eso quiero añadir que me dan miedo los hombres que aparentan tener 35 años aproximadamente, que llevan gafas de sol y bufanda blanca, que visten con una camisa de cuadros y chaqueta de cuero marrón claro y que conducen una vieja furgoneta blanca, en cuyo interior sólo hay una vieja manta amarillenta y un destartalado osito de peluche marrón. Me dan más miedo aún cuando dos chicos pasan por la furgoneta y los ven extendiendo la manta sobre el suelo de la furgoneta y el osito está sobre la manta, bocabajo, abandonado.
Calla. Sigue adelante, camina rápido. No mires atrás. Ellos nos están observando. Ríete un poco, somos jóvenes y no prestamos atención a nuestro alrededor. Háblame sobre las fotos, aunque le cueste la inocencia a otro, no mires atrás, ríete un poco y sigue adelante.

44 Bestias asesinadas: I

Un beso, sólo quería un beso. No te culpo. Todo parece un sueño, una pesadilla y no, no te culpo. Necesito beber y voy al sótano, a la despensa, quiero cerveza, aunque esté caliente, necesito cerveza. Pretendo emborracharme a base de cerveza sin alcohol. El sabor amargo es suficiente para despertarme un poco, despejarme un poco, quitarme de encima un poco de tristeza.
No te culpo, no es culpa tuya. Termino de un trago la cerveza caliente que queda en la botella y voy al lavabo. Te entiendo perfectamente. Me miro en el espejo y te comprendo perfectamente. Si yo fuera otro hombre, tampoco sería capaz de quererme.
Mi reflejo me devuelve la mirada, me observa. Veo que se esfuerza por contenerse, por no echarse a reír delante de mí; que abre la boca desmesuradamente y se queda mudo.
Es de mi garganta de donde brota un sonido estremecedor. Sale a borbotones y atropelladamente, expandiéndose nada más salir de mi boca, llevando partículas de saliva y casi todo el aire de mis pulmones y cuando estoy a punto de desmayarme me doy cuenta: todo es una pesadilla, ningún hombre será capaz de quererme, nada podrá quitarme de encima esa tristeza y sí, sí que es culpa tuya.

martes, 8 de febrero de 2011

El nacimiento de un héroe

Al despertarse aquél martes, lo primero que pensó fue: dentro de cuatro días, me quedarán diecisiete años de vida.

lunes, 7 de febrero de 2011

Lomografías.

Las imágenes me hablan y dicen: necesito que me hagas esto. Y tengo que obedecerlas. Necesito obedecerlas.
Las imágenes me hablan, como los personajes que escribía. Es lo mismo. Si no lo entendías antes, no te esfuerces ahora.

Las fotos me hablan y dicen lo que quieren que yo les haga. Es una caricia lejana, una tentación sutil. Ellas respiran, suspiran y se retuercen. Y ella susurraba: lomografíame. Lomografíame entera.

domingo, 6 de febrero de 2011

Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. Eso decía mientras no dejaba de moverse. Movía las piernas y los brazos como si no tuviera huesos, y parecía desplazarse a trompicones o a saltos, aunque quizá sea más acertado decir a parpadeos, hacia delante y hacia atrás, pero acercándose cada vez más. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. Una forma oscura, vagamente humana. Dos brazos, dos piernas. Una cabeza. Una forma oscura, como hecha de sombras y un rostro que se insinúa amenazante. Lo único que reluce débilmente en aquella maraña de oscuridad son los ojos. Ojos enormes, inyectados en sangre. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. En la perfieria de mi visión. Casi dentro, casi fuera. Si me quedo inmóvil, se acerca. No quiero que lo haga. Quiero que lo haga. Necesito saber qué es. No quiero que lo haga. Me da igual lo que sea, pero que no se acerque. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. No quiero que lo haga. Tengo que girar la cabeza. Girar sobre mí mismo. Siempre. Si me quedo quieto, se acerca. Tengo que girar sobre mí mismo. Si me quedo quieto algunos instantes parpadea hacia mí, con sus brazos y sus piernas como trozos de sombra sin huesos; con sus ojos enormes, sus enormes ojos rojos. Entonces giro mi rostro y Gazoom desaparece para volver atrás. Otra vez, en el límite de mi visión. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom. Me llamo Gazoom.
Pronto, muy pronto, todos nos llamaremos Gazoom.

Imperdibles

Ojalá en la vida fuera todo tan sencillo. Pero, en la historia de una gorra, un mini y dos vasos de gin-tonic, no hay espacio para esperanza alguna. Quizás me digas que soy un exagerado, que no tengo solución. Es cierto.
Mea culpa, mea culpa, mea culpa.
Lo reconozco; así soy yo. Un pesimista nato. Un catastrofista. Ni siquiera hemos hablado y ya me conoces tan bien. Ojalá fueras una alza de mochila sin coser; o unos bajos demasiado largos. Entonces te miraríamos todos con el esbozo de una sonrisa asomándose a nuestros labios y ella me cogería del hombro y mirándote diría:
-Tu solución: imperdibles.