viernes, 18 de mayo de 2012

El cabaret y el mosquito.


Veo una pantalla de ordenador. Su luz azulada ilumina primero mi mano, después mi torso y por último mi rostro. Hay luz suficiente para ello, pero no tanta como para alumbrar la habitación. La habitación no existe.
Todo es un enmarañado de oscuridad. Se respira el cansancio en el aire y un ligero pero insistente batir de alas rompe el silencio. En la calma nocturna el pequeño mosquito se cree un avión; aunque, quizás sea más cierto afirmar que nosotros creemos que el pequeño mosquito se cree un avión, cuando en realidad él piensa ser el conde Drácula, una bailarina de cabaret clandestino en la alemania nazi o un duelista sobre los puentes de Venecia.
Desde pequeño me he acostumbrado a escribir a oscuras. No puedo dormir, pero vengo a mi cama, a modo de refugio contra el mundo exterior. Digo tener sueño, digo querer dormir y no miento; tengo sueño y quiero dormir. Pero eso no es suficiente. Pero lo digo de todas formas y entro en mi habitación. No tengo ganas de gente y cierro la puerta, me recuesto y apago las luces. Entonces todo deja de existir. Quedamos el ordenador, su luz azul, la oscuridad hambrienta de mundo y yo. La soledad es abrumadora hasta que el batir de alas me recuerda que el pequeño mosquito sueña, sin saberlo, con su última danza: cuando termina, se merece un aplauso.