miércoles, 8 de enero de 2014

La segunda venida.


Cerré los ojos y no dormí. Entre las explosiones brillantes que llenaban la oscuridad de estallidos rojos, verdes y azules se perfiló su forma.
Llegó como perdida, pero sabía que me buscaba. Nada más verme, sonrió. La última vez que hablamos fue hace siglos -yo lo digo como una exageración metafórica, ella me corrige: "siglos, no. Eones"; y sé que lo dice literalmente.
La loca me sonríe una vez más y un estallido púrpura la deja a contraluz. "¿Llegaste a alguna conclusión?", quiere saber; pero, antes de que siquiera abra la boca, asiente y dice: "no importa". Noto un tono de tristeza en su voz y me digo que  uno no puede caminar por el universo -mi mente se empeña en gritar "mirar el abismo"- sin que un poco de la tristeza del mundo -mi alma grita "del demonio"- se le quede pegada. Una explosión de chispas azules le ilumina la cara y me veo reflejado en sus ojos.
No puedo evitar sonrojarme. Ella me sujeta por el hombro y siento la electricidad que le recorren los dedos. Espero que ella piense que me sonrojo por las conclusiones a las que llegué desde nuestra última conversación; pero, sé que ella sabe que es porque me he dado cuenta de que la tristeza en su voz es un reflejo de la mía propia.
"Esto tampoco importa", me susurra al oído.
Se separa de mí, caminando hacia atrás y sus ojos se iluminan, a pesar de que no hay ningún estallido. Ella se para y casi puedo ver su sonrisa. "A veces es mejor un 'que te follen' y un apretón de manos a un 'tú otra vez' y una risa hueca", me dice antes de que una explosión blanca me ciegue y ella se desvanezca en la oscuridad.

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